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Ultima modificación: Domingo, Junio 15, 2003 . 
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41. Este rol o función social en ustedes —a la que Safo estaba abocada—, y no olvides que la sociedad ya es tal cuando hay más de dos, se construye naturalmente en función tanto de los estímulos placenteros que una de las muchachas produce en su "Kim" —en el fondo la acaricias, limpias, peinas o decoras como desearías serlo tú— como del efecto que los resultados de estos estímulos tengan sobre el clan: el cómo quedé.

Y aquí hay que aclarar un punto:

Para ti, de niñita, en estado natural —en blanco— no habrán espontáneamente partes censurables de tu cuerpo, de hecho esta diferenciación te la (nos la) enseñaron (está incorporada al lenguaje).

*El acto de mostrar las posaderas puede ser en nos(hombres) o un acto de sumisión o un acto agresivo de provocación, en ustedes quizá, se traduciría en desafío e invitación.
**El hombre hace la historia pero "de" la mujer "nace ese" hombre: ¿quién hace la historia, entonces? Suficiente responsabilidad como para salir arrancando… o para construir un tabú.
Lo que no quita que tu recato en la exhibición abierta de tus genitales* sea posiblemente algo instintivo —no se los mostrarás a cualquiera (a nadie, me dirás tú)—. Para ustedes —tú y tu Kim— el peinarse, asearse o regalonearse sólo habrían sido elementos integrales de la amistad, indiferenciables entre sí y participantes todos del efecto social —ella te construye y tú eres responsable (son ambas) de un mejor futuro de la especie** —llegando a ser, la una para la otra, insustituibles e indispensables, y, lo que es aún más importante, irremplazables—, y todo esto, aunque mudamente invisible, se proyecta al hoy como una cuestión que abarca todo su ser —tus necesidades e intereses, tu destino— y no sólo tu exterior.

 

Es decir, tu madre primero y tu compañera (o compañeras) después, te habría proporcionado una forma (de ser) que se constata, reafirma y adecúa, según el efecto que produzca en el resto del mundo, constituyéndose este rol en una "misión" y por misión quiero decir "labor", "destino" (que puede ser tanto el exhibirse o lavar los platos o cuidar el hijo del jefe, buscar frutas en el bosque o tan sólo cuidarse, como cualquier otra cosa, o un conjunto de otras cosas).

Esta labor, la tuya, equivale en cierta manera a tu nombre, a lo que te identifica, distingue y describe y que a la vez, de varias maneras, justifica tu vida, le da un sentido.

Y este es, sin duda, el centro de la problemática femenina actual: el sin sentido (como persona), por la contradicción entre el rol supuesto durante la formación y el rol obtenido a la madurez.

Aquí, si todavía tienes muchas dudas respecto a lo que estamos hablando, podrías hacer la siguiente prueba: saca o tapa por unos tres días los espejos de tu casa, y piensa en la sensación de desamparo y vacío que te va a producir el que tú (amiga) no estés —contigo—, por ejemplo, en el baño. Y aprovechemos esta misma prueba para que pienses —antes de continuar con tu nombre— sobre la respuesta a la pregunta que yo creo que hace muchas páginas me estás formulando:

—¿Entonces…?


…entonces, ¿qué hacer —podrías preguntarme tú— si todo lo anulamos , si estamos esclavizadas y tú dices que el problema no tiene solución?

42. Queda, creo yo, sólo una alternativa: la toma de conciencia individual sin tratar de convencer a nadie, sin la búsqueda de cambios sociales.

Por ejemplos:

  • si te pones sostén [bajo la ropa o en la playa] que no pienses que lo haces porque es tu deseo, lo haces obligada para mantenerte oculta y posiblemente, buscando protegerte de tu propia sensualidad en una zona conflictiva… además de otorgarle a una parte de ti misma, suave y pendular, característica de lo femenino, un carácter fálico y masculino, duro y erguido; tu ropa interior ya no es lo que fue, no es ese envoltorio fino y maravilloso —como de regalo— que vino a reemplazar esos informes calzones infantiles, y que al principio usaste como un lujo que alguien algún día iba a ver… y desenvolver;
  • cuando te pintes los labios y las uñas que recuerdes que te ves más atractiva porque pareces estar en el Surco Rojo (fíjate que tanto las niñas pequeñas como las mujeres de estratos sociales más bajos no les importa que sus uñas estén perfectamente pintadas, normalmente las llevan bastante a mal traer, plenamente descascaradas, más bien manchadas de rojo y las encuentran igual de bonitas);
  • cuando te encremes y te pongas máscaras de belleza que sepas que estás obedeciendo a una necesidad primitiva —que para tu piel es un placer— y que estás sustituyendo tus propios lubricantes;
  • cuando camines contorneándote y te sientes con los muslos firmemente cerrados o cruzando las piernas como en una trenza (en tres), que reconozcas que estás expresando o aparentando tus ganas de darte en "regalo";

 

 

 

*Los talones serían como el "papel higiénico" primitivo y algo +...

 

  • que el que uses taco alto no hace "ver más bellas tus piernas" —esto es según los usos de las épocas— sino que significa que no quieres tocar el suelo y mancharlo [dejar rastro] —otro signo del Surco Rojo—, lo que incluso lleva al ballet clásico a hacer danzar a sus mujeres, normalmente con roles de enamoradas, en la punta o en las falanges de los dedos de los pies, como también significa que los talones tienen su "misterio"*;
  • que sexo reproductivo y amor orgásmico no tienen que darse necesariamente juntos, de ahí tantas de tus fantasías;
  • que esa desolación que te embarga cuando amas y no eres correspondida —o si has sido abandonada— es una intensa sensación de desprotección, por un lado, y de inexistencia, por otro —de falta de reflejo—, sumadas ambas a una certeza de inutilidad —especialmente si has sido abandonada por otra—, o a una preocupación —si la separación no es un rompimiento. Es tu instinto el que te dice que tu pareja no puede sobrevivir sino está contigo, y tú tampoco, sino estás con ella;
  • que gran parte de lo que exiges de tu Linz y que no puede darte en forma efectiva —él no es tierno, es brusco, le carga compartir contigo las labores del hogar o nunca te comprende, así como muchas otras cosas— son necesidades que pertenecen al entorno femenino y en las que nos(hombres) siempre seremos un poco torpes, y suma y sigue;
  • por último, que si a ti no te sucede nada de todo lo planteado en este texto es porque probablemente estás huyendo de ti misma y de todo eso que tú significas o porque ya lo reprimiste —o te lo reprimieron— definitivamente. Ahora, si esto es así y estás cómoda, entonces ojalá dure para siempre. Pero si tú crees que a ti no te va a afectar en nada, después de lo que le ha pasado, sino a todas las mujeres, a la mayoría, es porque tu orgullo o tu ceguera es tan grande que deberías empezar a tener miedo.

43. El tomar conciencia, por ejemplo, de que mis ganas de asesinar al chofer del auto vecino obedecen a un impulso animal porque redujo mi espacio y eso me frustra, no significa que yo vaya realmente a matarlo, pero sí ayuda a no sostener mi rabia en razones estructuradas por el lenguaje: es que me encerró, o me tocó la bocina o, simplemente, me pasó, y así disiparla lo más pronto posible, permitiéndome recuperar ese equilibrio en el que me siento tan bien.

A fin de cuentas, el hecho de tomar conciencia de algo no significa tener que llevarlo a cabo y sí puede dar lugar a una búsqueda de una forma controlada de "sublimarlo" y salir de esa frustración, ¿o no?

Pero volvamos a lo de tu nombre.

44. El que un nombre nos guste o no nos guste es debido a asociaciones conscientes o inconscientes: si yo le pongo a una hija Inés o Tatiana es o porque quiero hacerle la pata a mi madre o a mi suegra o porque quiero que mi hija lleve algo de una de sus abuelas, aunque sea un recuerdo. Los nombres actualmente nos parecen sin significado y creemos que nos gustan por como suenan. Torcuata no nos gusta en cambio Javiera o Manuela sí nos gustan; hoy están de moda un sinnúmero de nombres masculinos feminizados: Manuela, Emilia, Josefina, Alejandra, Valentina, Javiera, Roberta, son sólo algunos, y, para no dejar ningún callo sin pisar, te darás cuenta que de la misma manera que se feminiza un atributo masculino —el nombre—, con él se masculiniza un ente femenino: la mujer que lo va a llevar.

Imagina qué desastre sería para un niño el llevar por nombre "Consuelo" o "Rosario", a pesar de ser ambos sustantivos masculinos. Pase llamarse Adán, pero "Evo", uf. ¿Y Saro? ¿Suzano, Ano Mario, Magdaleno, Estero o Estelo? No faltará el que le habrá puesto a su hijo "Madonno" en honor a la… ¡Basta ya!

Desde el momento que se le asigna un nombre masculino a una mujer, por feminizado que esté, se le está asignando una suerte de comportamiento, destino, a esa mujer, digamos, el de femineizar un comportamiento masculino. De la misma manera que al llamar María, Eva, Juana, Cleopatra o Lucerito, estamos entregando toda una carga histórica, al llamar de cualquier manera a alguien, estamos intentando entregar un contenido no sólo estético, lo que ya es más que suficiente, sino que además uno de estrato social, de expectativas y de formación, nombres que casi nunca van a coincidir con la realidad de la Flaca, la Chica, la Negra, la Tota, la Gorda, la Rucia, la Nena, la Porota, o cualquier otro que se te ocurra.

Los mismos motivos que llevan a una familia de estrato social bajo a llamar a sus hijos según los ídolos de la teleserie de moda o de la realeza (¿Sabes cuántas Dianas hay, cuyos padres deben estar desesperados con el destino que ha sufrido su princesa?), son los que llevan a una familia cualquiera a nominar a sus hijos con un nombre a la moda: con status.

Piensa que si eres suramericana, sino tu pasado, el de tus nietos va estar plenamente influenciado por miles de antepasadas que se llamaron Cándida, Dolores, Remedios, Consuelo, Blanca, Luz, Martirio, Severa, Resurrección, Concepción, Clara, Purísima, Victoria, Soledad, Calvario, Clemencia, Celeste, Suspiro, Secretos, Retiro, Casta, Paz, Piedad, Mercedes, Virginia, Gracia, Angélica, Milagros, Pía, Encarnación, Gloria, Graciela, Humilde, Esperanza, Escolástica o Tránsito, muchos de cuyos nombres te parecerán de lo más comunes, pero que si los examinas verás que contienen una enorme carga o significado y que suponen un rol.

Muchas culturas no tan civilizadas como la nuestra tienen por costumbre dar un nombre al recién nacido que cambiarán una o dos veces en el transcurso de la vida, ya sea al llegar a la pubertad y/o a la adultez. La sociedad cristiana hace más o menos lo mismo, ya por el Sacramento de la Confirmación, en la que se recibe un nuevo nombre, tradición que aunque en desuso refleja la antigua necesidad de dar un nombre más adecuado a las características del individuo, y por la fórmula del sobrenombre, ampliamente en boga, en la que por transformación del nombre original o por un atributo a uno se le conoce con un nombre nuevo: a mi me dicen Kiko desde chico y en la Escuela Militar me decían "Pájaro", tuve amigos "Laucha", "Pollos", "Patos", "Peuco", "Chato" y otros varios que deberían haberse llamado "Vacas".

Así que tú, como todos, tienes tu nombre, quizás también un sobrenombre —y si eres casada y con hijos, lo más posible es que tus seres más cercanos y queridos los hayan reemplazado por nombres un poco más culturales: mi Amor, Querida, Cariño, "Cielo" —a lo mejor, es preferible a Sweet y Pie—, o Mamá, Mami, Vieja—.Ir arriba

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