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Ultima modificación: Viernes, Enero 23, 2004 . 
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VIII: La Renuncia Femenina.

Además en esta página:

 

 

Así, tienes que tomar en cuenta que, como cualquiera de ustedes en nuestra cultura, enfrentas durante tu desarrollo una serie de renuncias que, aunque en principio te parecieron razonables y naturales, a la larga se demostrarán como circunstancias que han sido intensamente traumáticas, lesiones que han dejado un daño permanente:

1. En primer lugar, la renuncia, desde la infancia, a tu capullo porque tocarlo es o malo o sucio;

2. La triste constatación de que la sangre preciosa de tu menarca —tu sangre, es decir tú misma— es algo sucio y repulsivo que debe ser botado a escondidas en la basura y que no sólo no atrae a nadie sino que causa rechazo;

3. La negación de ti misma desde la pubertad, por tener pulsiones fálicas [vagino/fálicas] —"cosas de putas", expresión verídica más que común—, esto es la necesidad de mitigar o satisfacer demandas genitales mediante la introducción de "un algo" en la vagina, pulsión que, según las características culturales, puede dar origen a un sinnúmero de confusiones y contradicciones emocionales;

4. La renuncia a relacionarte íntimamente con una amiga, motivada por la esperanza de encontrar en un muchacho que deberá comportarse asexuadamente —pololeo— y que motivará a su vez, en muchos casos, el que llegues a rivalizar por él con la que así podrá llegar a ser tu ex o peor amiga y que antes tanto querías; es decir: la pérdida del afecto y la comprensión femenina —la alianza— que chocará siempre con la imposible pretensión de que tu compañía masculina sustituya tu necesidad de ser asistida por otra mujer —la empleada doméstica tampoco será un buen sustituto, aunque hables de ella todo el día a todo el mundo por todo lo que no hace y que debería hacer[te], de la misma manera que —¿te has fijado?— no existen los hombres "matrona";

5. Que tu primera cópula o desvirgación —la renuncia al Honor—, que si es fuera del vínculo legal del matrimonio, lejos de ser un acto de enriquecimiento —en el sentido de adquirir experiencia, importancia y un compañero— que te honra, es una situación de desprestigio y te desvaloriza [pecado], y

6. Tu orgasmo deja de ser tuyo y pasa a ser un bien que te otorgamos los machos a través de la cópula, lo que no siempre sucede, que nos valoriza —nos honra— a nos(hombres), y que impide en alto grado el fin principal de ella, la reproducción: "Tu deseo te lanzará hacia tu marido y él te dominará" —así como tu deseo siempre te será una deshonra.

Sin duda he olvidado más de algo… pero veámos el primero con más detalle:

 

1 Poto se usa por culo. ¿Te imaginas hablando del culo de adelante?

2 Mierda, hez.

Desde pequeña se te ha enseñado que tu zona genital se llama "poto1", el poto de adelante mientras al mismo tiempo te insistían en que las cosas que no podían ser tocadas se llamaban "cacas2" [ ¡No, caca…! ]. Como existe una total relación entre el poto y la caca queda claro que ninguna de ambas cosas debe ni puede ser tocada [tabú de contacto].

Como contrapartida podrás observar que las personas enfrentan diferentemente su sexualidad según los nombres que las diversas culturas otorgan a sus genitales: es muy diferente acariciar un "poto" de carácter fecal, que una "pussy", gatita, o que unas "bolitas" que suenan igual a las con que los niños juegan toda la infancia.

Simultáneamente, al denominar de esta manera la zona genital, le inculcas un carácter anal —fecal— "analizar" tu propia sexualidad, o sea, "analizar3" directamente tu femineidad.

3 "Analizar" surge en este contexto como contrapartida de "síntesis". El carácter anal del análisis hace precisamente referencia al fraccionamiento, a la falta de continuidad y a la reducción de sus partes a lo infinitesimal. Esta analización de la sexualidad se podría llamar también como la "máxima discontinuidad" o "fraccionamiento total" de la vida sexual pero no en el sentido de un escaso número de episodios sino que en el sentido de una total desintegración entre ellos.

Georgina GrenvilleY en esto hay que considerar dos cosas:

La primera es que tu crisol no sólo es el centro y origen de la suavidad [la mujer aprende la ternura consigo misma y por lo mismo muchas veces debe olvidarla], sino que además es la puerta de entrada [o salida] a la vida humana [la sexualidad], debiendo a pesar de su sensibilidad extrema, que obliga a esa suavidad [el cariño], soportar el tremendo trauma del dar a luz [la reproducción]. Es una zona esencialmente viva y polar; por un lado el sufrimiento intenso y por otro el máximo placer, transformándose en un "objeto" que debe, exige ser cuidado —en el sentido de acariciado y aseado [el lavado una o dos veces al día, un FDS de la especie]— y que responde a ese cuidado dando placer, en una especie de relación económica: dar para recibir.

En la segunda tienes que considerar que lo económico y lo anal tienen una profunda relación.

Se ha determinado que las heces humanas han sido guardadas [y en algunas tribus aún lo son] tanto por su valor alimentario como por su valor como abono agrícola, lo que también es un valor alimentario: los excrementos no sólo han sido el primer bien propio acumulable sino que el primer alimento perdurable e instintivamente transable, fenómeno que el psicoanálisis nos confirma al demostrarnos que el modo en que se les inculca a los niños sus hábitos de excreción determina totalmente su comportamiento económico de la vida adulta.

*[McGee]


Cactus del desierto de Sonora, en la época de floración. Es la zona de los Seri.

Los indios Seri de California*, por ejemplo, durante el período de recolección de la tuna sólo comen de ellas, en cantidades industriales y como sus semillas sólo se digieren en forma incompleta, los excrementos se recogen, se criban en cestos y se guardan. Más adelante se comen en lo que se llama "la segunda cosecha" —obvio que si a esta tuna que te vas a comer le agregas un trozo de carne, el producto sólo va a ser descomposición. No olvides que la gran mayoría de los mamíferos son coprofagos, al menos respecto a las heces de las crías.

Así verás que ya sea hayas renunciado a tu capullo [al menos hacia el exterior] porque es sucio o porque es malo —pecado— el jugar con él, concluíremos en lo mismo dado que la prohibición de tocarlo al igual que a la zona anal, reúne ipso facto ambas entidades en un único todo anatómico. Esto es sobre todo desde el momento en que no existen prohibiciones de este tipo —de contacto— sobre otras partes del cuerpo, y así el rol de tu genital cambiará a uno anal, del tipo acumulativo y de transacción: una suerte de prostitución.

Pero este nuevo rol anal no se desarrolla en su sentido original sino que en forma invertida ya que éste no es un "poto" que expulsa "cacas", más bien las recibe: está claro el paralelo entre los excrementos y los penes.

Este paralelo, que en principio te parecerá absurdo, llega al extremo en Chile de denominar mayoritariamente a cada uno como "mojones" y "picos", palabras —aunque te sorprendas— virtualmente sinónimas.

1939:Pico: /2. Parte puntiaguda que sobresale en la superficie o en el borde o limite de alguna cosa. Mojón: Señal puntiaguda que se pone para fijar los linderos de heredades, términos y fronteras. /2… …/5. Porción compacta de excremento humano que se expele de una vez.

La primera acepción de "mojón" en el diccionario de la Academia es de "hito para delimitar territorios", la segunda acepción para "pico" después de la principal, "boca de las aves", es "promontorio que marca territorios delimitados".

Como el orden de acepciones corresponde a la proporción de uso de una palabra según su significado, podríamos deducir que en los orígenes del uso de estas dos, mojones y picos, hace varios años ya, probablemente desde el siglo antepasado, ambas se usaban indistintamente en su significado original, demostrando su conección anal y territorial.

Por otro lado el denominar como pico al falo nos induce a creer que con éste se está sustituyendo también el rol que la boca debería llevar a cabo en el contacto amoroso: la boca que canta que se traslada al pene.

 

Aunque la famosa "envidia del pene" por parte de las mujeres me ha parecido siempre un poco sospechosa —puede ser que en la época de Freud haya sido un fenómeno bastante más generalizado que hoy en día— hay que tener claro que muchas de ustedes responzabilizan a su carencia de la gran mayoría de los supuestos como problemas femeninos generalizados, lo que en el fondo oculta que el no tener pene es la razón que impide que una mujer no pueda relacionarse con otra, o en casos "edípicos" más complejos, la de no haber podido tomar posesión de la madre.

Pero es así como se da que la sexualidad de muchas de ustedes, al menos en nuestro continente, termina adquiriendo además un rol cuasi "oral" de suficiente intensidad como para estructurar un "Culto Fálico", en el que vamos a encontrar los mismos componentes —ansiosos— de dependencia del bebé al pecho materno, con respecto al falo masculino que las "alimenta" [o las llena, como prefieras].

Muchas niñitas han creído que perdieron sus propios penes defecando y como infantilmente también está clara la similitud entre las salchichas —que tanto gustan a los niños— con los excrementos y a su vez con los penes, no será raro que inconscientemente sientan que ese ente perdido se puede recuperar después por el "poto de adelante", que es, a fin de cuentas, de donde salió.

¿Es posible aumentar el tamaño del pene?

Sí, es posible agrandar el pene y también es posible disminuir su tamaño.

Podrás entender, en este contexto, el porqué de la importancia que se le otorga al tamaño del pene, importancia que sabemos no la tiene en ningún aspecto anatómico desde el punto de vista del placer o la reproducción [esto mismo corresponde a los hombres que les gustan con las "tetas" bien grandes, cuyo tamaño no tiene, tampoco, ninguna importancia ni desde el punto de vista reproductivo ni desde el del placer.]. Tu crisol, como la gran mayoría de los crisoles, no tiene como determinar las dimensiones del miembro que te penetra, como tampoco tu zona genital te proporciona información morfológica de sí misma.

Ustedes, sin la ayuda del espejo u otras contorsiones, simplemente no saben cómo es la forma o el tamaño de su propia genitalidad porque ésta parece reaccionar al tacto en forma muy intensa pero global y poco diferenciada. No sucede lo mismo con el ano que parece tener terminales nerviosos diferentes y que, aunque menos sensibles, son más precisos [pueden determinar tamaños más exactamente]. Tu crisol ante el falo que recibe se comporta casi como una mano que debe abrirse para cerrarse y coger algo; el problema es, muchas veces, que se demora entre 45 segundos y un minuto y medio en volver a cerrarse en torno al pene, produciendo una sensación primera —independientemente del tamaño de éste— de "estar medio perdido en la vagina" y lo que a muchas de ustedes —cuando no están totalmente exitadas— les será causa de un desconcierto o angustia inicial [recuerda que un minuto, cuando hacemos el amor, parece una eternidad] suficiente como para impedir que la exitación siga su curso normal y el crisol se cierre en torno al falo, aunque éste tenga el grosor de un lapiz o de un bastón de policía.

Pero obviamente importa el tamaño del pene —y esto vale también para algunos isosexuales hombres— si inconscientemente éste es considerado un alimento o un excremento que se recibe para ser guardado: a más grande mejor y aquí vale otra consideración:

Si el pene lo sientes como un alimento a ser guardado [retorno] y posesionado, entonces el orgasmo, si es sentido como un mecanismo expulsor, deberá ser evitado, sobre todo si se sabe que el orgasmo femenino es un mecanismo gatillo de la eyaculación masculina, la que con el consiguiente "desinfle" de la erección va a aparecer como un acto de sadismo —"te doy pero te quito"— o como de debilidad —"no pude darte". Esto motivará a su vez, una cierta avidez de posesión vaginal: hay un solo pene —cacón, mojón— para una sola vagina que jamás podrá ser compartido —"el gordo es mío"—, reestructurando a la monogamia a como la conocemos hoy y en desmedro de la forma natural y eficaz del matrimonio. Y esta avidez, real o imaginaria en cualquiera de los dos en la pareja, podrá ser también suficiente causa como para motivar en el hombre un cierto temor a la vagina, la que se le presenta con una cierta intención castrativa, provocando o cooperando a diversas disfunciones como la impotencia o la eyaculación precoz.

Esta última parece tener bastante claro su origen en la sensación del macho de estar o en cautiverio o bajo amenaza, estados que llevan a una enorme cantidad de especies de mamíferos a cruzarse lo más rápidamente posible (o a no cruzarse del todo). Es obvio el que muchos matrimonios son un abierto estado de cautiverio para cualquiera de los dos o ambos, de la misma manera que la presión del desempeño termina convirtiéndose en un estado de amenaza.

 

*…y con esto entiéndase una relación de pareja.

Courteney Cox Arquette Está claro que la renuncia al capullo, desde la infancia, será motivo de una concatenación de fenómenos que originarán una vida sexual* muy poco gratificante o bastante traumática y justificando escencialmente la vida marital en una relación económica, de da y quita, preparando las bases para una relación emocional anal, sado/masoquista: yo te rechazo, tu sufres y vice versa, nuestro mayor placer es la venganza.

Pero todo esto podría tener también un tremendo efecto sobre tu vida económica real y cotidiana en la adultez. Si en tu pubertad has renunciado a tu capullo por sucio o porque jugar con el es malo o indecoroso [razones originales que pueden ser disimuladas bajo mil explicaciones], produciendo una analización de tu sexualidad, podrás haber condicionado tu subsistencia a tu desenvolvimiento sexual: lo que te va a sustentar no es ya la producción y acumulación de bienes propios, sino que el renunciar a ti y cederte [y aquí pasó la vieja] para acoger en ti bienes ajenos, para ser llenada por el falo marital que se convierte así no en un símbolo reproductivo sino que en uno productivo [económico/anal].

Ninguna de ustedes, si está bajo estas circunstancias, podrá desempeñarse libre y efectivamente en lo laboral o productivo [con la posible excepción de los trabajos relacionados al dinero o su manejo], porque estará bajo una contradicción: por un lado ansiarás que los bienes sean recibidos [vaginalmente: me son merecidos] y no producirlos [analmente] y, por otro, estos bienes no podrás conservarlos y deberán ser expulsados [usura o dilapidación, según el caso y el momento].

Todos estos componentes podrían llegar a consolidar en ti, como en la mayoría de ustedes, una total y absoluta dependencia psicológica [vital] del falo y su penetración, primero porque de él depende el placer, en segundo lugar la supervivencia y, en tercero, el status, tres cosas que en la realidad objetiva el pene no va a poder proporcionar en forma efectiva —aunque el macho sea tremendamente eficaz en todas ellas— dejándote la certeza de que tus insatisfacciones con respecto a cualquiera de las tres, tu placer, la supervivencia o el status, será consecuencia de una incapacidad tuya, aumentando tu necesidad de ser [vivir] penetrada o disminuyéndola totalmente, e incapacitándote a vivir normalmente tanto el placer de tu propio cuerpo como el de ser simple y sexualmente abierta y espontánea con tu pareja [y ojo, como ésta es una estructura cultural incorporada al uso del lenguaje nadie está completamente libre de apre(he)nderla y de sus consecuencias].

Serán muchas las de ustedes que dado esto entenderán el orgasmo como una suerte de "recompensa" —merecida y que les es debida— obligando con ello al marido o compañero a una presión de desempeño para la que no está normalmente preparado.

 

Y, desafortunadamente, es lógico que bajo las actuales circunstancias esto se dé así: una especie de mecanismo en el que prima un "yo te presto mi cuerpo (el crisol, más bien) y tú me pagas con un orgasmo" —tu recompensa—. Pero este criterio no sólo choca con los problemas inherentes al mismo —la "economía" del mecanismo— sino que con múltiples problemas cotidianos que lo dificultan.

 

 

 

1 Y de las piernas, con el consiguiente problema de las "várices".

 

2 (guagua, en España)

Por ejemplo, es muy común entre las mujeres que el estar mucho tiempo de pie —casi todo el día laboral para las vendedoras de tienda o las empleadas o las mamás que tienen que ir con los niños de aquí para allá y de allá para acá— redunde por gravedad en una vaso congestión de la zona pélvica1 la que produce una sensación que perfectamente puede ser descrita como de "calor" (a buen entendedor, pocas palabras) y que es igual a la que se produce cuando estás sexualmente agitada (excitada), sensación que no hará más que acrecentarse con los vaivenes y tiritones de la micro2 a la vuelta a casa —sobre todo si vas sentada sobre la rueda trasera— o del mercedes si te toca subir por la avenida Las Condes o bajar por la Kennedy (en Santiago, obvio). El problema es que necesitarás de descongestión pero estarás tú misma cansada y lo que es peor, tu marido también, aunque haya trabajado todo el día sentado.

Y este tipo de situaciones no sólo tiene el problema de que hacer el amor en estas circunstancias —con un objetivo orgásmico— es algo aún más cansador, sino que el origen de toda esa congestión pélvica —de ese calor— no era sexual, sino que laboral! (—qué broma). Y ahí estarán, ambos, dele que dele sin poder conseguir lo que ambos más querían: dormir, y quedando con la certeza del incumplimiento, no hubo orgasmo.

Una amiga me observaba respecto a esto:

¿Por qué si el sexo es una dimensión maravillosa de la vida, lo tenemos relegado y no lo experimentamos integrado a la vida? ¿Por qué no nos sentimos sensuales y eróticos permanentemente, así como somos racionales, pensantes, o sentimentales o tiernos?

Ella misma contestaba:

—Tal vez esta relegación del sexo a un momento, a un espacio (la cama, en la noche —a lo más al desayuno—) tiene que ver con una asociación temprana con lo sucio, así como ir al baño o algo por el estilo. Entonces se transforma en algo disociado de la vida.

Está claro que básicamente estamos de acuerdo en todo con la sola excepción de dos cosas:

Primero, es un gran error pensar que somos constantemente racionales o tiernos o sentimentales, cada actividad humana toma su tiempo y tiene su hora; a no ser de que estés deprimida, después de un día de trabajo es muy difícil que seas tierna o sentimental pasadas las seis de la tarde, igual es muy difícil que seas racional a las tres de la mañana si no has dormido, o a las dos, después de almuerzo.

Segundo, es otro gran error el creer que no nos sentimos permanentemente sensuales o eróticos. Apenas se nos permite en la pubertad abrir esta puertecita, este estado pasa a ser permanente en todos nosotros hasta que, tarde o temprano, la puertecita debe volver a ser cerrada por las constantes desilusiones a las que nos hemos enfrentado.

 

El hacer el amor actualmente —para casi todas las parejas establecidas, como para un buen número de las parejas nuevas— requiere de un cierto estado de ánimo, de un cierto grado de fortaleza, que junto a la necesidad erótica permita absorber de buena manera el desencanto que el acto de todas formas va a llevar implícito.

Desde el momento que lo orgásmico surge como el "fin" de la relación amorosa entre seres humanos, se introduce un componente exógeno, se le otorga al otro un carácter de "medio" —en el fondo cada uno podría ser reemplazado o por un vibrador o por una muñeca de esas inflables— que acentúa el sentido de "recompensa" del orgasmo o la eyaculación, en desmedro de todos los elementos intermedios que deberían llegar a esta "recompensa" como por consecuencia y nunca por obligación.

Son muchos los componentes que han destruido la relación "sexualizada" como un proceso en que cada parte es llevada a cabo por sí misma —porque acariciar tal punto o besar este otro es un placer por sí mismo— (y esto también vale para el "regalonearse"), relegando la necesidad a sólo cuando el desahogo (orgasmo) es indispensable, cuando la tensión ya lleva demasiado tiempo acumulada.

La "relación sexualizada" es una forma de comunicación que no involucra sólo un momento. Es una relación con uno mismo, primero, y sólo después con alguien que no es uno mismo; y que es constante, que no se circunscribe a cuando los niños por fin se fueron a dormir; y que como tal puede o no conducir a un orgasmo —a cualquiera de nosotros— porque si éste no se produce es porque la relación no ha llegado a él y continuará mañana, o a la vuelta de la oficina, al igual que si se hubiera producido porque el desahogo —cuando no es considerado como una "recompensa"—, no es el fin de la sexualidad, es sólo el recomienzo.

 

Lo complicado es que si cualquiera hace un esfuerzo por una recompensa y ésta no siempre llega —como jugar al fútbol y nunca meter goles— se termina por perder las ganas de jugar, o se requiere de un esfuerzo adicional para decidirse a jugar y reemplazar al jugador que hace falta o que no vino.

A principios de siglo nadie pensaba en que las mujeres sufrieran de orgasmos —incluso era algo de mal gusto el que pudieran sufrirlos— hoy se ha dado vuelta el asunto y éste ha llegado a ser una obligación, y de esto sólo tiene culpa la educación.

Nos llenamos la boca y la cabeza de cómo debe ser la educación sexual de los niños, si debe dictarse en los colegios, si no debe hablárseles al respecto, si debemos contestar sus preguntas o no, y dale y dale y dale.

La sexualidad, como impulso humano, como sentido y como apetito, no es —bajo ningún aspecto— "enseñable". Podríamos preguntarnos a qué edad deberíamos enseñarles a respirar, o a digerir, o a mirar: todas cosas educables, mejorables, y en las que la experiencia ajena es preciosa e insustituible (...y dale). La vida en general, en todo aquello que nos importa, es un constante descubrimiento y cada desafio que resolvemos nos aumenta la seguridad en nosotros mismos, precisamente al contrario de los desafíos que nos impone la cultura y que no tenemos medios para resolver, según las expectativas de esa cultura.

Las falacias entorno a lo humano —y en especial en lo sexual— son enormes y se necesitarían volúmenes para enumerarlas: pero hay dos que me molestan especialmente:

—la primera es que nos(hombres) tenemos que estar siempre dispuestos a cualquier hembra que se nos cruce o si no somos poco-hombres;

—la segunda, que el destino obligado de toda cópula es el orgasmo, o si no también somos poco-hombres.

Y este ser "Hombres" es nuestra recompensa, la que no siempre obtenemos y que por supuesto, a la larga, nos quita las ganas de jugar... "Tu deseo le lanzará hacia tu marido y él te dominará", espero que todavía no hayas llegado a ese momento en que muchas de ustedes se preguntan: Muy bien, pero ¿cuál deseo?

 

 

 

 

 * Por favor, no confundas "color" con raza: hay mujeres de un precioso color olivo, otras morenas que casi parecen azules, blancas casi transparentes, rubias doradas y colorinas de un tono único.

XXVIII: Y no es raro que todo esto sea así desde el momento que agrupamos este cúmulo enorme de sensaciones bajo una palabra tan latosa como es "sexo" (¡puaj! Casi como decir: ¿te gustaría tener relaciones genitales conmigo?). Lo que nos mueve es la piel, el aliento, la calidez de otro cuerpo —su aroma. A mí, personalmente, lo que e mueve de un cuerpo de mujer es su olor, su color* y su sabor más que su forma; después me llama su manera de moverse —su expresión— y, sobre todo, su cualidad de comunicarse, de mirar, de sonreír... de susurrar o de gritar. Explícame tú, cómo diablos puedo yo llamar a todo eso "sexo". Hemos usado esta maldita palabra durante todo este texto y cada vez me da rabia, y pretendemos darle una educación de este tipo a los niños .

Para mi, Sexo es esa sensación —similar a la náusea— que nos queda cuando las cosas se han dado truncadas, obligándonos o a la masturbación escondida o a la prostitución o a la búsqueda de una o un amante sustituto. El Sexo es lo que queda después de la frustración y es el que exige algo a cambio.

Esa cosa, que es diferente al amor pero que todos conocemos, y que actúa como un vacío que hace caer a un ser en medio de otro, no tiene nombre, porque debió haber sido llamado, en verdad, "com-pasión" (la pasión que une), palabra que ha sido destruida y que se usa actualmente por "piedad", "caridad", quizás lo que antiguamente sentían las mujeres por las demandas de esos rígidos maridos que nunca se preocuparon por si ellas obtenían o no su recompensa.

 

XXIX. Pero todo esto es nada comparado al sentido trágico que adquiere la vida de un enorme número de muchachas, cuando llegan al fin de la adolescencia con un esquema configurado del "yo me lo merezco" —o, como se dice más simplemente, creyéndose la "muerte", y tú sabes lo que para varios significa esto último.

Los griegos, siempre importantes en esta historia, hicieron un poderoso aporte con el desarrollo de la Tragedia, que desafortunadamente se ha perdido después de Garcia Lorca, quizás porque la estructura dramática nunca fue renovada, conservándola en cierto grado lenta a los requerimientos de diversión de occidente o quizás —y esto es lo más probable— a que no hemos vuelto a producir genios de la talla suficiente como para entender su sentido y escribirlas.

El asunto es que los escritores trágicos delimitaron ciertas leyes vitales que eran determinantes en el destino de las personas y pensaron, seguramente con razón, que si las llevaban al teatro y hacían sentir al público cómo se desarrollaban, iban a producir en cada uno de los espectadores una "catarsis" que los dejaría "vacunados" de ese destino trágico preciso.

Desde ese punto de vista el desenvolvimiento de lo trágico tiene como punto de partida una "hybris" —un pecado de exceso, de orgullo— que inevitablemente termina invirtiendo el sentido del destino, volviéndose en contra del que la cometió o de sus descendientes.

Esta inversión del destino no es, como podría creerse, una cuestión pendular del tipo "—me va bien, me va mal, nuevamente me va bien—". Este es un castigo de los dioses, irremediable mientras no se purgue la hybris original, lo que transforma a la tragedia en una cuestión heredable de los padres.

Este concepto de que lo trágico, lo atroz, es siempre consecuencia de un exceso de orgullo, no le gustó a un occidente que prefiere decir que "los caminos del Señor son misteriosos", pero si piensas bien al respecto podrás concluir en que siempre —no "a veces"— el exceso de orgullo o de confianza facilita el que las cosas se desarrollen en el sentido opuesto a como esperábamos.

La hybris de las mujeres adolescentes es, a veces, aterradora.Ir arriba

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