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Ultima modificación: Viernes, Enero 23, 2004 . 
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13. Para terminar

¡Y la Fe y el Espíritu?

 Las selvas están siendo rápidamente destruidas.

Y no podía ser de otro modo. Son lo último que va quedando en este planeta —el único que existe hasta la fecha que puede acogernos— que nos recuerda y nos demuestra nuestro origen animal. La selva es todavía ese lugar donde los seres humanos podemos vivir desnudos, mojarnos sin pasar frío, donde las naranjas y plátanos, los ajíes, pimentones y tomates, las piñas y los cocos —entre muchas otras frutas—, se dan por montones, naturalmente, todo el año, y donde todavía existen cocodrilos, pirañas y jaguares, que nos obligarían a cuidarte. Nuestro "paraíso" original tiene que ser destruido porque es la única forma de asegurar el triunfo de esta Cultura; Todos los demás argumentos son sólo sofismas para disimular nuestro odio a todo lo que nos recuerda lo que en el fondo somos: Animales. Alguien, triunfadora e inteligente alguna vez me dijo: —No quiero parecer insensible, pero ¿qué importa que se acaben los rinocerontes?— Ni más ni menos de lo que importa que se acabe el "homo afabilis", sin duda.

Si entiendes bien estoy estás ya un poco aburrida, no es necesario que leas lo que sigue y puedes pasar directamente al epílogo.


¿Y la fe y el espíritu? No has dejado lugar para ellos —me criticó una amiga al leer la primera versión de este estudio, al mismo tiempo que otra me decía que el amor era bastante más que todo esto.

Es cierto. Las dos entonces tenían razón y siguen teniéndola.

En ningún caso es mi ánimo sembrar discordia ni reducir nada a simples cuestiones orgánicas u orgiásticas. Pero más de alguien me sacará en cara que estoy proponiendo un nuevo Sodoma o Gomorra (de estas ciudades se acuñó el termino "sodomía" — "gomorría" no existe aunque me recuerda algo)

Está claro que no he dejado espacio a la fe y no he hablado del espíritu, así como el amor es mucho más que esto: yo sólo he hablado sobre su origen animal. El asunto es que si hay algo que me inspira pavor —eso es más que miedo— es la "fe", la fe en cualquier cosa. Esa emoción que da por cierto cualquier suceso que los demás no ven: el Viejo Pascuero [San Nicolás de Navidad], Dios, el amante de su mujer para más de alguien, los espíritus, los horóscopos, los santos, los partidos políticos, Alá, Mormón, Quetzalcoatl, Yamilet, la niña niño de Peña Blanca, los ovnis, el doctor Spock, Charles Manson y suma y sigue.

La "fe", según muchos, es una "gracia" que te es dada pero que sólo les es válida si te la es dada por el mismo "misterio" que se las dio a ellos. ¿Misterio por qué? porque todo este es un entorno inexplicable, incomprensible e indemostrable.

La fe me da miedo. Por ella se ha torturado y asesinado a más de los que lo han sido a nombre del amor.

No es Dios el que podría entrar en cuestión aquí. Dios es algo demasiado íntimo a la naturaleza y a cada uno como para que en este texto siquiera sea mencionado. Lo que está en cuestión es que la fe —siempre ciega para los que militan en otra— es la única causa, la única fuerza que conserva a la humanidad en pugnas consigo misma —el Nazismo todavía es una fe, el judaísmo y el cristianismo también lo son. Y el problema no es lo que esas filosofías místicas dicen —casi siempre con sentido—, son los hombres de fe que toman fanática o apasionada posesión de ellas: a veces santos, a veces demonios. Hubo un Papa Borgia, ¿sabías? Sodoma y Gomorra —de las que en el fondo no sabemos nada— fueron un pálido reflejo del papado de entonces: pero el Papa seguía siendo infalible… como lo son, muchas veces, algunas madres.

Fueron hombres de fe los que mataron a Giordano Bruno y persiguieron a Galileo por proponer que la Tierra no era el centro del universo —en ninguna parte las Sagradas Escrituras decían que lo era. Fue la fe, con la "Santa" Inquisición dando el ejemplo, la que llevó a perseguir a millones de personas por brujería, una brujería que no sirve siquiera para hacerse rico escribiendo horóscopos para el diario. La fe usó la hoguera, el potro, el garrote (con el que te destungaban) y la estaca en la que también se sentó a Caupolicán.

Y fue ella —la fe— la que puso a la moda nuevamente la piscina: durante años, quizás siglos, se usó para saber si estabas endemoniada o no; el truco era simple: te tiraban a ella, normalmente desvestida porque el asunto tenía su erotismo también, y muchas veces atada, y esperaban a ver si morías ahogada o no. Si sobrevivías te llevaban a la hoguera porque sólo podían sobrevivir en el agua las que dominaban la hechicería, en cambio si morías eras perdonada y se rezaba una misa en tu nombre: la idea era que el agua sólo iba a recibir en su seno a aquellos que se conservaban en el bautismo: seres con fe que incluso hoy no saben de humildad, caridad ni compasión.

Sin duda la fe me aterra como a otros les aterra la demencia

Jesús muchas veces habló de ella y de los que la tienen —la fe— y lo hizo en el sentido de "los que esperan confiados" —ten fe… espera—. Nunca se expresó en el sentido de ten fe, es decir, ten razón y obra en consecuencia. Quizás hubo un "muere por tu fe" pero jamás insinuó, siquiera, el "mata por ella"

(La verdad es que lo que sí dijo fué: "Los que no están conmigo están en contra mía".)

54. La fe impone muchas veces un estado de ceguera, como consecuencia de los sufrimientos que impone la cultura, que es sin duda entendible, pero nada hay que justifique, por ejemplo, que es un acto contra Dios el matar antes de que nazca al hijo de un rico —el aborto o el control de la natalidad— y no lo es el matar de hambre y corrupción al hijo de un pobre que nacerá y vivirá pudriéndose en la miseria.

 

55. Si hay algo a lo que le temo, está claro, es a la fe y si con todo lo dicho no te queda claro su porqué, por favor toma un libro de historia y verás que toda esa sangre derramada lo ha sido en su nombre.

La fe —como el convencimiento de la plena validez del propio orgullo, sea éste manifestado como patriotismo, humildad o cualquier otra forma— tiene todavía una enorme deuda con el mundo: ha sido la única culpable de todos los genocidios y de todas las persecuciones.

 

56. Lo mismo me sucede con el espíritu, esa dicotomía que se propone entre cuerpo y alma, dejándolos casi en pugna —si es que no en abierta confrontación—, es también algo peligroso y no sólo porque para sostenerse requiere de la fe. El espíritu, al separarse del cuerpo, los deja a veces a ambos en estados incontrolables.

Tú, como todas las personas incluso de espíritu más noble —y normal y específicamente esas personas más espirituales, de mejor corazón— reaccionas ante la crueldad o su descripción sintiendo tal odio y furia hacia quienes la infligen que tu respuesta emocional inmediata es desearles que sufran el mismo castigo o uno peor y es lógico que lo sientas así. Es un gran error creer que las personas normales y espirituales son incapaces de llegar a extremos de crueldad de la misma manera que es inútil pretender que algunos de nosotros somos inmunes a los sentimientos sádicos [A. Storr].

Así sucede muchas veces que las interpretaciones del mundo, construidas en base de la fe, son extraordinariamente frágiles y, al mismo tiempo, por ser incomprobables e indemostrables, muy fáciles de destruir a través de demostraciones como las que a partir de Mercali hicieron Bruno, quemado en la hoguera, y Galilei, obligado por la fuerza a desdecirse en público (Darwin sufrió también algo similar).

Las personas espirituales sienten como una gran crueldad que su mundo de fe —de cristal— sea destruido y reaccionan ante esta crueldad, aunque sea una crueldad desprovista de intención u odio, con una crueldad y odio mucho mayor del que lo motiva.

La cultura del espejo es por supuesto responsable de estas situaciones al obligar al desdoblamiento de la mente y construir un yo-alma, un yo imaginario que confirma al espíritu como un antagonista de ese cuerpo que por reprimido llegan a ser excesivas sus demandas y debe ser controlado.

Para nuestras mentes desdobladas por el espejo y la cultura, la fe es una cuestión de importancia vital, porque la comprobación de lo divino no puede efectuarse a través del cuerpo: excepto para la mayoría de ustedes, cuando están embarazadas, que lo mágico de la creación les es "revelado" a través del vientre, de la propia corporalidad en un momento en que el espíritu se demuestra como tan infértil (y lo que para muchas es motivo de conflictos o de temor).

En cambio, para la mayoría de las personas en las que este desdoblamiento está reducido, lo divino se recibe por medio de lo que toca, huele, gusta, ve u oye y por la maravillosa capacidad de vida y comunicación que tiene nuestro cuerpo, un cuerpo que en todas, en menor o mayor grado, se resiste a ser suplantado por su imagen invertida del espejo.

 

57. El cuerpo humano —mente incluida— al igual que el del resto de los seres, es una obra maestra de creación, y como tal una gran fuente de inspiración, ante la que no queda más que maravillarse, pero como cualquier animal hacinado en el cautiverio —en este caso el cautiverio de la cultura y del espíritu— puede desarrollar respuestas agresivas desproporcionadas que en plena libertad nunca habría desarrollado, como tampoco algunas emociones y conductas que precisamente por el encierro parecen hipertrofiadas (son muchos los perros —en especial los Cockers y los Seters— que adecuados para desplazarse mucho en grandes espacios, en jardines pequeños se ven como hiperkinéticos, hasta que al final, en realidad, lo son).

 

58. Y es sobre todo en este contexto en el que está claro que el Amor es mucho más que lo propuesto aquí, o hasta aquí, más bien. Al igual que el Odio.

Nosotros, los humanos, somos la única especie capaz de sentir y actuar con odio y crueldad.

—No— me dirás— ¿Y el gato con el ratón? ¡Eso sí es crueldad! —De acuerdo, nosotros lo vemos cruel porque podemos identificarnos con el ratón. El gato, en cambio, no puede identificarse con nada, ni siquiera consigo mismo: el simplemente "es".

Nosotros podemos identificarnos con el ratón de la misma manera como nos identificamos con el yo del espejo y sentir en nosotros —reflejar— lo que el ratón siente o suponemos que siente y en consecuencia, sentir que el gato es ferozmente cruel. Pero el gato sólo se está comportando como lo haría con cualquier cosa pequeña en movimiento, jugando a cazar, adiestrándose, y desde su punto de vista el ratón es lo mismo que una pelotita u ovillo de lana u otro gato con la diferencia —exquisita, por supuesto— de que el ratón además se come.

Los animales, en las luchas hegemónicas entre miembros de la misma especie, normalmente combaten —a no ser de que estén en cautiverio— hasta que uno de ellos se da por vencido —muestra señales de apaciguamiento— y nunca hay ni el más leve asomo de crueldad en ellos.

Con nosotros es diferente. Son muchos los humanos a los que les basta ver gestos de apaciguamiento, de rendición, de un adversario real, supuesto o deseado como tal, para que precisamente se les dispare una capacidad de crueldad tan enorme que es, precisamente, lo que lleva a pensar que esos individuos se están comportando como un animal hacinado en el cautiverio.

Y es la capacidad de identificarse con su víctima la que le permite saber y sentir en sí mismo el dolor que ella siente y gozar con ello y pensar de qué manera hacerla sufrir más si así lo desea.

El emperador bizantino Basilio Segundo tomó a los 15.000 búlgaros que defendían su patria, después de haberse rendido, y los hizo enceguecer, excepto a uno por cada cien, a los que les dejó un ojo para que pudieran guiar al resto ante el zar derrotado, que murió espantado un par de días después: 14.850 soldados ciegos y 150 tuertos, casi parece un chiste. Igual debe haber sido un buen padre este Basilio, al menos dudo de que algún hijo lo desobedeciera.

Así el límite a la crueldad, motivada por el odio desproporcionado, parece no existir y puede llegar a extremos inimaginables: de hecho, como veíamos antes, mientras leías este párrafo más de una niñita o de un niñito fue o torturado o violado o asesinado o todo junto, por placer.

—Qué odio nos hace sentir, ¿no?

 

59. Con el amor sucede algo similar. Su capacidad de identificación, de posesión y de dependencia pueden llegar a estar fuera de toda proporción y esto también tiene que ver con el encierro.

Esto lo verás más claro si observas a las muchachas adolescentes o púberes. Su "yo-alma" construido con la ayuda del espejo por la cultura, comienza a confrontarse a esta edad con las demandas impúdicas del ser natural, permitiendo vislumbrar la fragilidad del mundo construido y que se sostiene con la fuerza de la fe, por ejemplo: las molestias pre-menstruales llevan las manos al vientre y el tocarlo lleva las manos más allá, lo que está prohibido, pero es un sistema mecánico animal. El cuerpo comienza a comportarse en forma extraña y la aparición de ciertos rasgos conllevan sensaciones conflictivas: aparecen los senos y es adecuado entonces aprisionarlos con algo que no sean las manos, otro ejemplo. El enfrentamiento entre el ser natural y el "debo ser" imaginario es violento y si no se toman medidas el primero tiene todas las de ganar: la carne por sobre el espíritu.

Por un lado entonces, aparece como solución la mística religiosa que ofrece un sustituto que permite la sublimación de las pulsiones animales —hoy mediante la carne y la sangre del Cristo agonizante— y una guía rígida de comportamiento simultanea a una flexible comprensión de los desvíos; por otro lado está la búsqueda y encuentro de alguien que a través del amor confirme y sostenga al "debo ser". El "ser amado" surge en esta etapa para el "ser amante" como un espejo que reacciona ante ese "debo ser" —el nombre— y lo refleja, aunque ese amante podrá ser reemplazado tantas veces como la imagen que proyecte no coincida con la que debe.

El "ser amado" es en el fondo el que ama el "debo ser".

[Aunque te cambiaras el nombre nunca podrías dejar de ser él, de llamarte a ti misma por él —siempre lo llevarías escondido.].

Y éste es un juego circular que tarde o temprano se trasformará en vicioso, en el que es importante el "quién" ve en el otro lo que "debe" ver, pero es más importante lo que "debe ser" visto y en el que cada uno está enamorado de una imagen cultural del otro: imagen construida por ese "evitar hacer" que como fuerza colectiva, como veíamos al principio, construye a su vez a la cultura (cada uno es, en consecuencia, el único responsable de esa cultura).

Esta imagen cultural, el "yo" creado y confirmado por las otras personas (recuerda que "persona" viene del griego en el que significaba máscara, de esas que usaban los actores en el teatro, de ahí también el "personaje"), se sostiene en esta lucha básicamente por miedo al abandono (y por la promesa implícita de que es la vía para ser feliz) y a costa del espantoso sacrificio del yo real que agotado y temeroso al repudio social y del "ser amado", se deja vencer y apabullar por lo que siente ser una tortura de infinita crueldad. Sólo imagina todo lo que ese cuerpo de niñita quería hacer y sentir y que las niñitas "buenas" no hacen… agrégale ahora lo que quería ser.

Esta conservación de este "nombre", el "debo ser" de este nuevo "yo" que corresponde a esta persona que ya se siente adulta, se transforma más temprano que tarde en una prisión. Ya es imposible echar pie atrás a pesar de lo cruel de la situación: el ser amado ama el "debo ser" del ser amante y la posible aparición del yo original no haría sino destruir el amor del "ser amado" —causa suficiente como para dejar de vivir (para el "debo ser" que se sostiene gracias a que es reflejado por el ser amado).

Es la amenaza del vacío —como el ir ante el espejo y no verse, o como cuando ese espejo que siempre ha estado ahí ya no está, pero proyectado a todo el ser (al "debo ser")—, vacío frente al que se siente un enorme vértigo, el terror de la caída.

A pesar del sacrificio que lentamente impone no queda otra que aferrarse a estas relaciones (en el fondo son una, sólo cambian los "seres amados"), para poder mantener "los pies en la tierra" y no quedar en el aire (o caer en los vicios), e incluso cuando la imagen reflejada ha dejado de coincidir en el transcurso del tiempo con el "debo ser" y el rompimiento se hace indispensable, la parte de este yo ficticio que se sostiene en el resto del grupo social —las amigas que se sienten orgullosas de que ella pololeé con él— o de la familia —que encuentra que él es un muchacho como "debe ser"—, siente que igual es dependiente de su pareja para conservarse como tal y se resistirá todo lo posible a la separación si ésta es mal mirada por los demás: otro elemento de crueldad, crueldad entendida como sufrimiento innecesario después de una lucha en la que uno ya manifestó su rendición ante el adversario real o ficticio, interno o externo.

 

60. El normal de las parejas, eso sí, llegarán por medio del yo amo tu "debo ser" y tú el mío, hasta el matrimonio —el casamiento— en el que la prisión ya no esporádica —algunas horas en el día o algunos días a la semana— se introduce en todos los aspectos de la vida cotidiana; pero como esta imagen falsa de sí, al contrario de la real, requiere de enormes cantidades de energía adicional, de esfuerzo para mantenerse, lentamente —por cansancio al principio— permitirá apariciones momentáneas a la parte real del ser —al menos de su parte mostrable— empezando a entrar en contradicción con lo que esperaba el "ser amado" —él no puede disimular sus eructos después de tomar cerveza y ella no siempre se lava las manos después de ir al baño— pequeños detalles que al comienzo serán pasados por alto pero que permitirán a cada uno darse más licencias, dando entrada a la desilusión paulatina y que finalmente hará ya insostenible el "debo ser" —que aparentemente se mantendrá en público, por "buena educación"— dejando paso a una buena parte del "yo" real, del ser que exigirá su propia intimidad y poniendo el último cerrojo de la prisión. Ella o él o ambos podrán reclamar de que el otro ya no los ama como antes, lo que no es cierto ya que en el fondo de los fondos jamás se han amado. Sólo han estado enamorados de imágenes que no tenían ninguna relación con los comportamientos naturales a cada uno y descubrirán que ahora sí que están encerrados: el "debo ser" continúa como tal ante los demás y ante los hijos, si los hay, arraigado en ellos en la misma medida en que se fue desarraigando en la pareja, y que el fracaso no haría sino evidenciar su inexistencia.

Será inevitable el tener que empezar a reprimir constantemente la certidumbre de que es la propia vida la que se ha perdido y la crueldad que eso significa —o si no el odio sería insoportable; odio a todos esos que a uno lo hicieron participar en este jueguito: padres, amigos, en fin, todo el mundo pero canalizado al cónyuge que sin duda es el único sin responsabilidad en todo este asunto— y no quedará otra que volver a asumir el "debo ser" —aun en la intimidad—, absolutamente y para siempre, en una última crueldad: ya no la prisión sino que el entierro definitivo del "yo" original, dejando el odio encerrado, aunque éste se asomará cada vez que alguien intente cometer la crueldad de mostrar que estas crueldades verdaderamente se cometieron en uno: es decir, cualquiera que quiera hacer las cosas "como no es debido".

Frente a alguien que se rebele a su "debo ser" —al tuyo, más bien—, aparecerá este odio absolutamente desproporcionado junto a lo que es peor, la necesidad imperiosa de venganza, venganza por todo el sufrimiento acumulado y que se dirigirá hacia todos los que demuestren este "querer ser", sobre todo a los más susceptibles de mostrar su yo real, los más cercanos: en especial, los hijos.

De la misma manera que la sociedad "nunca comete venganza" sino que "hace justicia", las personas tampoco "se vengan", ponen orden, educan, así como la venganza, para cualquiera que la aplique, siempre, va a ser un "hacerse justicia".

Nada hay más detestable que aquel que hace lo que a uno le nació hacer y no pudo, aplastado por el "debo ser", ese yo medio formado por la presión exterior de la cultura, y medio formado por la idea del "yo reflejado", de como satisfacer esa cultura.

 

61. ¿No es ésta prisión suficiente? ¿Habrá algo más atroz que ella?

  • Imagina al niño bueno, común y corriente, que arrancado antes de tiempo del pecho de su madre, fue metido en el "debo ser" violento y carnicero del mundo de los "machos" de la calle o de bajo los puentes; suficiente causa como para ser un verdadero delincuente y vengarse de todos.

Pero mientras hay vida (del yo original) hay esperanza. La alianza entre padre e hijo nos enseña a nos(hombres) —en un buen número de casos pero nunca a la mayoría— a sólo disimular el "yo" original y simular el "debo ser", al menos en lo referente a la sexualidad, y así muchos de los muchachos que aceptan participar en un pololeo castrado, dirán con toda desfachatez que a ella la respetan y que quieren que se conserve virgen mientras harán todo lo posible por llevarla a la cama —al menos sacarle el máximo provecho erótico— y no tendrán problema en aceptar sus propias ganas y reconocerlas como "lícitas" (por supuesto que si lo logran la contradicción de ella, que quería un pololeo castrado, entre su yo y su "debo ser" hará imposible que la relación continúe —y fui d'el, pu's mami).

Las muchachas, por el contrario, encontrarán en sus madres —y en general en la mayoría de sus congéneres catalogables de sabias— una alianza en el sentido contrario: una férrea oposición a que "ella" acepte, reconozca que necesita de desahogo y a que aparezca el cuerpo del "yo" original, el hacer aquello que el "debo ser" de las otras impidió que ellas hicieran.

Sólo si por algún medio oculto, la muchacha puede conservar algo de su "yo", a escondidas de su "debo ser" y de los que tratan de inculcárselo, tendrá alguna posibilidad de seguir siendo sí misma, aunque implique un gran conflicto o mucho sufrimiento, pero al menos impedirá que en esos aspectos la venganza —a través de ella— llegue sobre sus propios hijos.

Muchos maridos se morirían si supieran que muchas de ustedes se quedan "regaloneándose" en cama apenas ellos se van al trabajo, o cuando se demoran mucho en el baño, o apenas se quedan dormidos y ustedes se quedan viendo la televisión, así como muchos maridos, al leer esto, partirán de la base, harán acto de fe, que es precisamente por eso que su mujer no quiere "" tan a menudo con él como él quisiera y, por supuesto, va a arder Troya.

 

62. La líbido es una energía, digamos, un combustible —que el cuerpo sano produce constantemente a través de sistemas hormonales, neurológicos y psicológicos —y que como tal se acumula para ser gastada, y si no lo es rebasa a otros sistemas donde sí se utiliza pero en una combustión que no es normal a esos sistemas (como ponerle bencina de avión a un auto, 103 octanos donde corresponden 91). Estos sistemas andarán a un ritmo superior, obviamente, mientras no se fundan, y le darán una característica de pasión, de sublimidad (de ahí el sublimar) —maravillosa— incluso de una cierta intransigencia instintiva, que corresponde exclusivamente a la fuerza que da y conserva la vida, tuya y de la especie: recuerda que sin líbido o con la líbido sublimada —la castidad— punto final, la línea humana se acabó.

Cuando habíamos dicho que ustedes tenían su descarga libidinal dirigible en tres direcciones, decíamos exactamente eso: tres funciones —tres medios— de los que la cultura sólo admite uno, a veces, quedando las otras dos —si la mujer, como la del ejemplo anterior, no las ha salvado— o en prisión o enterradas definitivamente, sublimándose en o un dar de comer o darse de comer exagerado y apasionado, y en un recalcitrante complacerse (regalarse) y exigir ser complacida: ser agradada (obedecida).

Pero este combustible no rebasa sólo sobre sí mismo, sublimándose en cuestiones que sustituyen sus mecanismos originales. Se infiltra en otros sistemas, apasionándolos y exagerándolos, dándoles precisamente esa característica de comportamiento afín al hacinamiento y al cautiverio: entre los que están los sistemas atávicos de defensa, de prevención, que así se convierten en sistemas de persecución: el odio.

 

63. La venganza (que viene del latín vindicare —decir con fuerza— recobrar con justicia lo que injustamente se le ha quitado a uno) se transforma en la herramienta indispensable de satisfacción de lo insatisfecho, y actúa desde atrás, a escondidas, como en el hacer justicia. Nada sacamos con matar a alguien que mató a otro, sino satisfacción y es satisfacción lo que obtenemos cuando prohibimos a otro que se satisfaga en aquello que estamos insatisfechos: la venganza es un gran sustituto sublimado de aquello que nos ha sido quitado y nos da una gran sensación de reparación. Como cuando el asesino ha sido fusilado, creemos que el daño ha sido reparado, ¿de dónde? La venganza no repara nada (mata el alma y la envenena, diría alguien que conozco) pero sí que satisface nuestra insatisfacción.

Como el miedo y la frustración son la misma entidad fisiológica, y como cualquiera de ambos nos lleva a la agresión, lo que precisamente nos hace más agresivos es, en consecuencia, el "miedo" a sentirnos "frustrados", a que esa frustración, que esa insatisfacción nos sea demostrada.

Y es así como nos sentimos satisfechos de enseñar a nuestros hijos a ser decentes —lo que significa: que no hagan indecencias— verdaderamente orgullosos cuando lo logramos

Pero:

—Cuidado —me vas a decir ahora—, ya insinuaste que al reprimirlos nos vengábamos en ellos, ¿acaso vas a seguir?

—No, no lo haré.Ir arriba

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